Alocución

40º Aniversario de la 274 Promoción del Arma de Artillería. GD. Juan Carlos González Díez 22 de mayo de 2026.

Ilustrísimo señor coronel director de la Academia de Artillería, excelentísimos señores generales, ilustrísimos señores coroneles, queridos amigos y compañeros de la 274 Promoción del Arma de Artillería, queridas familias que hoy nos arropáis con vuestra presencia. Caballeros y Damas alféreces cadetes. Caballeros y Damas alumnos. Señoras y señores. Buenos días. Hace unos meses, cuando me dirigí a vosotros para convocaros a este encuentro, lo hice con el corazón lleno de expectativas y con una profunda confianza en nuestra unión.

Hoy, al ver este Patio de Armas completo, al sentir el calor de vuestros abrazos y al contemplar las miradas de complicidad que el tiempo no ha logrado borrar, os digo con absoluta convicción: lo hemos conseguido. Estamos aquí. Cuarenta años. Cuatro décadas han transcurrido desde aquel lejano año de 1986 en el que cruzamos por última vez las puertas de nuestra Academia, listos para servir a España, con la juventud vibrando en las venas y el estampido del cañón grabado para siempre en el alma.

Hoy, al mirarnos, ya no vemos a aquellos jóvenes de veinte años que desafiaban al mundo. Vemos las huellas del tiempo en nuestros rostros, reflejo de una vida de entrega y de servicio, de guardias, de maniobras, de desvelos y de lealtad inquebrantable. Pero, por encima de todo, ahí están los mismos ojos. Los mismos ojos de los compañeros que compartieron afanes y desdichas, el frío de las noches en el internado, la dureza del estudio y el orgullo poco disimulado de ser artilleros. El tiempo pasa, la tecnología avanza y los cañones se modernizan; pero el espíritu de la 274 Promoción permanece intacto.

Reunirnos hoy aquí, en Segovia, en este Patio de Armas del Convento de San Francisco, templo de la ciencia artillera e institución ilustrada es una ocasión de solemnidad extraordinaria. Estar aquí es respirar la historia viva de nuestra milicia. No podemos olvidar que pisamos el recinto de la academia militar más antigua del mundo, nacida en 1764 durante el reinado de Carlos III para unir los desarrollos científicos con la práctica del valor en campaña. Permitidme por ello expresar nuestro sincero agradecimiento al coronel director que nos abre las puertas de esta casa común. Y junto a él a la actual plantilla de profesores que representa el eslabón de esa cadena ininterrumpida de excelencia que perpetúa un legado de siglos.

A los profesores de hoy, y a los que nos formaron ayer, les debemos lo que somos. Gracias por acompañarnos y por vuestra paciencia, por vuestro rigor académico y por modelar no solo a técnicos del tiro, de la topografía, de los ingenios electrónicos sino a líderes de personas, imbuidos de los mismos valores éticos que nuestros fundadores Gazola y Eximeno ya anticiparon en el siglo XVIII. Y al mirar a los alumnos que hoy forman junto a nosotros, es imposible no vernos reflejados a nosotros mismos hace cuarenta años.

Queridos alumnos: os miramos con admiración y un punto de nostalgia. Sois el testimonio vivo de ese pasado glorioso que se renueva permanentemente. En vuestra firmeza, en vuestra disciplina y en la juventud de vuestras miradas, vemos la garantía de que el ejército seguirá contando con hombres y mujeres ilustrados, disciplinados y capaces al mismo tiempo de defender con convicción criterios propios, incluso cuando estos sean discrepantes. Vosotros sois nuestro relevo y nuestro orgullo. Nunca olvidéis el peso de la tradición que hoy descansa sobre vuestros hombros.

San Francisco no es solo piedra e historia; para la 274, es el altar donde juramos un día defender lo que amamos, y donde las vivencias compartidas nos unieron con un nudo que nada ha podido desatar. Volver aquí nos recuerda también que nuestra huella en esta tierra va más allá de lo estrictamente militar. No podemos olvidar que todos los componentes de nuestra promoción fuimos nombrados segovianos honorarios. Aquella distinción no fue un simple título; es un cordón umbilical invisible que nos vincula a esta maravillosa ciudad, Patrimonio de la Humanidad.

Segovia nos adoptó en nuestra juventud, esculpió nuestra personalidad entre monumentos y su austero carácter castellano, у hoy nos recibe de nuevo como a hijos pródigos que regresan a su hogar espiritual. Al besar de nuevo la bandera frente a estas secciones de alumnos, no solo estaremos renovando un compromiso intemporal, estaremos sellando, una vez más, un pacto de hermandad que ha resistido cuarenta años de distancia, de traslados, de destinos y de trayectorias profesionales y vitales distintas. Cada uno de nosotros ha trazado su propio camino, ha mandado unidades, ha asumido responsabilidades y, con buena o mala fortuna, ha enfrentado sus propias batallas. Pero siempre, en cada una de esas trincheras de la vida, hemos llevado con nosotros los valores de unidad y compañerismo que aquí aprendimos. Por eso mismo es necesario reconocer públicamente el esfuerzo ilusionado de los miembros de la Comisión organizadora que ha hecho posible este acto y estos días de convivencia. Gracias por vuestro trabajo silencioso para que hoy estemos aquí. Vuestra disponibilidad y generosidad es el mejor ejemplo de lo que significa nuestra promoción. Y hablando de gratitud, este aniversario no nos pertenece solo a nosotros. Es, por derecho propio, de nuestras familias. A nuestras esposas, hijos y familiares aquí presentes, en nombre de la Promoción, os doy las gracias de corazón.

Vuestra comprensión ante las ausencias y las mudanzas ha sido la retaguardia segura que nos ha mantenido en pie. Si nosotros servimos, fue porque guardasteis el hogar. Este homenaje es ante todo un reconocimiento debido a tanto sacrificio silencioso y abnegado. Pero nuestra línea de piezas de la 274 Promoción no está completa en el día de hoy. Una promoción no se mide solo por los que ocupamos el patio en este momento, sino por todos y cada uno de los que iniciamos la marcha juntos en la Academia.

La vida, en su curso inevitable y tantas veces cruel, ha exigido a algunos de nuestros amigos y compañeros adelantar su última orden de marcha. Hoy, sus voces ya no se escuchan en este Patio de Armas, pero su recuerdo resuena con una fuerza ensordecedora en nuestros corazones. No les hemos olvidado. No les olvidaremos nunca. Queridas esposas e hijos de nuestros compañeros fallecidos: vuestra presencia hoy aquí es el testimonio vivo de que ellos siguen en nuestra memoria. Queremos que sepáis, hoy más que nunca, que no estáis solos. Que sois, y seréis siempre, parte de la 274 Promoción. Sus ausencias nos duelen, pero vuestra compañía nos reconforta y nos inspira.

Por eso, quiero romper el silencio de este patio para nombrarlos. Para que sus nombres, que tantas veces pronunciamos en las listas de la Academia, vibren una vez más entre sus compañeros de armas en la solemnidad de este patio: Jorge García Rey, Antonio Prada Bonilla, «Tony», Roberto Belda Rovira, Guillermo Lorite Martínez, Ramón Romeo Castaño, «Chito». ¡Que nuestra patrona, Santa Bárbara, os acompañe siempre!

Compañeros, cuatro décadas después, aquí estamos. Hemos cumplido con nuestro deber, hemos honrado nuestro uniforme y hemos mantenido la cabeza alta y la disciplina intacta frente a las inclemencias y vaivenes de algunas políticas de personal que en ocasiones han perjudicado las legítimas expectativas de carrera de muchos compañeros. Miramos al pasado con el orgullo del deber cumplido, y al futuro con la tranquilidad de saber que el vínculo que nos une es absolutamente indestructible.

Sigamos celebrando estos días en Segovia, sigamos exprimiendo cada minuto de este encuentro, sigamos recordando las anécdotas que nos hacen sonreír y, sobre todo, sigamos manteniendo vivo el fuego de nuestra unión. Que los años sigan pasando, pero que jamás se apague el espíritu artillero que nos unió en la juventud. Para concluir, y como os escribí en aquella carta de convocatoria, recordando lo que ha sido nuestro norte desde que nos conocemos, solo os pido que en el futuro sigamos haciendo honor a nuestro himno: ¡Marchemos siempre unidos!

Muchas gracias